Pin, pin, salamacatín y otros temas

Por respeto a mis niñas y niños, a mis alumnas y alumnos, a los que tuve, tengo y tendré, procuro no entrar en las redes en demasiados debates en los que  pueda perder la paciencia y en los que de alguna forma ellos, ellas y sus familias, se puedan ver reflejadas o se puedan sentir señaladas. Para mí hay temas que no son solo temas a debatir teóricamente, sino que me enfrento, a veces, diariamente, a las emociones y sentimientos de esas personas de las que se habla en “general”. Es por eso que asisto en silencio y reflexionando sobre algunos temas de debate como el de los niños y niñas trans y otros temas complejos.  Siempre he tenido en mis aulas niños y niñas que adoraban los juegos, trajes, y maneras  que ” tradicionalmente” no se consideraban adecuados para ellos o ellas por ser adjudicados a un determinado género. Confieso que hace años tuve mis dudas y que pensaba que efectivamente querían ser diferentes, aunque el tiempo me ha ido enseñando que no, que solo quieren jugar a ” todo”, poderse vestir con ” todo” y expresarse en libertad. Esa es mi opinión personal, la de que no quieren cambiar, que solo quieren poder ser libres para expresarse. Pero cuando algún niño o niña afirma contundentemente que quiere ser otra persona, porque lo siente, y su familia te lo dice con angustia, las dudas crecen y no dejan de asaltarme. Nunca me ha pasado en mi aula,  pero conozco algunos casos, e incluso les dediqué algún poema en mi libro del Arcolibris. Personalmente, tengo mis dudas. Como maestra con muchos años de experiencia me planteo: ¿Realmente quiere este niño o niña ser esa persona que dice que quiere ser o solo quiere expresarse de otra forma que no le está permitida por esa división estricta de roles de género? Mi opinión personal se inclina hacia esa pregunta. Pero sinceramente, cuando los casos tienen nombres y apellidos, es muy difícil teorizar al respecto. Por ahora me mantengo al margen de debates encarnecidos, y trato de observar, leer, estudiar mucho, escuchar, sentir, y aprender para poder ofrecer lo mejor a los niños y niñas que están a mi alrededor.

En cuanto al debate del  pin parental … solo puedo decir que  he observado durante mis años de docencia y en relación con la infancia y adolescencia, que en todas, todas las familias hay hijos e hijas de lo más variopinto, con diferentes  orientaciones sexuales, formas de expresarse, personalidades, comportamientos…  y que las charlas no han tenido nada que ver, y si han tenido que ver, alguna vez, ha sido para ayudar a esos alumnos o alumnas o a esos  padres y madres desconsolados porque su angelito no va por el camino que ellos querían, porque no es la persona que ellos esperaban  y  porque no saben cómo ayudarla. Solo he visto charlas para informar, educar, ayudar, orientar, aclarar, o apoyar …al alumnado y a las familias. Eso  es lo que he visto en la Escuela Pública ¡Qué  insolencia pensar lo contrario!  Mi abuela decía: “No escupas para arriba”.  No sé, de verdad, cómo alguien se atreve a decir que la Escuela Pública adoctrina. Nunca he visto un disparate semejante. Y yo lo sé, que recibí adoctrinamientos varios…  en mi infancia. Como docente sé perfectamente distinguir el adoctrimamiento de la educación en libertad y respetando las leyes democráticas. Es lo que puedo decir. La Escuela Pública merece un respeto.

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El buen regalo

Hoy tuve un buen regalo de parte de los Reyes Magos de Oriente. Algo muy sencillo: la presencia de mi madre y mi padre alrededor del árbol de navidad. Nos hemos reído sin parar con las caras y los gestos al abrir los paquetes. La ausencia de la abuela y el abuelo, que ya no están entre nosotros, fue presencia. Ella y él en cada comentario, en cada chiste, en cada gesto. “Como decía la abuela… ” ,y ” ¿Os acordáis qué risa con el abuelo?”. Mi peculiar y hermosa familia, la que hemos formado luchando … es lo más grande que tengo. Soy simple. Tenerlos alrededor me hace inmensamente feliz, me da fuerzas para luchar por todo aquello en lo que creo. Para enfrentarme a las dificultades, y para recorrer todos los caminos que nunca me atreví a recorrer. Vale la pena luchar por los sueños.

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Jill Mayberg

 

Allá donde estén será mejor

Hace ya dos meses… y  hoy he soñado con ella y con mi padre. Estaban vestidos de fiesta, muy elegantes y sonrientes,  haciendo chistes y bromas como solían hacer. Me he levantado con una sonrisa. O mi resiliencia ha llegado a límites insospechados o soy “optipesimista” que es el resultado de llegar a ser optimista a base de esperar lo peor. No lo sé, pero tengo la sensación de que mis seres queridos, los que hoy no se sientan a mi mesa, están en un lugar mejor que este. Y es que imaginar un lugar mejor que este tampoco es tan difícil. Cada día, al ir a dormir ,doy las buenas noches a mi madre y a mis almas queridas, allá donde estén, ya sean luz o polvo, o materia de nubes o de estrellas; ya sea en forma de tierra de donde nacerán flores y continuará el ciclo de la vida. Allá donde estén sé que no hay dolor y con eso me basta. ¡Qué agusto estarás mamá, sin que te duela nada y sin tus preocupaciones! Aquí seguimos el camino hasta que nos reencontremos. Sigo tu senda. Mientras tanto, hoy comeremos gambas y lo que se tercie, ya sabes de qué va esto. Tú que eras tan poco convencional…y  me entiendes. Brindaremos por vosotros. Por vuestra felicidad y descanso.

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Buscando la navidad

El único sentido que encuentro a la navidad está en los recuerdos, que en mi caso se van tornando al blanco y negro. Buscándole un sentido encuentro a mi padre y a mi madre preparando el belén con nieve hecha de polvos de talco, y al lado, a mi abuela y a mi tía mirando el décimo bajo la cantinela de los números. No, no es exagerado ni trágico decir que la vida es tremendamente injusta. Nos ofrece regalos y  también castigos que no merecemos. Mi infancia familiar fue un regalo. Porque sí. Porque así me tocó. Buscando sentido a la navidad veo también a mis hij@s siendo bebés y abriendo los regalitos en pijama. Y a mis peques de la escuela cantando su villancico de las pompas de jabón. Ni acordarme siquiera de la escuela de mi infancia, a la que tantos recuerdan con cariño y de la que yo no obtuve ni una respuesta para la vida, tan solo el convencimiento de que yo debía de ser tonta de remate porque subrayaba en rojo lo que debía ser en azul, y de azul lo que era en rojo; ponía en mayúscula lo que no era, olvidaba los deberes, y un día sí y otro no, escuchaba los gritos  de “despistada” o “tonta” que se acumulaban en mis orejas pequeñitas y suaves. No. Ahí no encuentro la navidad. Ahora miro las orejas diminutas de mis peques de la escuela y les digo: “No importa, no importa que te equivoques. Vuelve a empezar. Te quiero”. ¿Sentimentalismo? No. Experiencia. Nada más. La única pedagogía válida es la del amor. El único recuerdo válido es el del amor. Que la vida es tremendamente injusta como intuíamos, ahora ya lo sabemos con certeza. Pero encontrarle un sentido a cada día es importante. Feliz Navidad, cada cual con el sentido que le encuentre.

Iluminación navideña en la calle de Serrano. Madrid, 10 de diciembre de 1986.

 

 

 

Una vela para el recuerdo

Hay una vela encendida en mi casa para iluminar los recuerdos. Porque hoy ya son muchos los seres queridos  que me faltan y muchas las almas que me acompañan. Como cada año, prendo esta vela en vuestro recuerdo. Una presencia cada vez más fuerte, a pesar del tiempo. Brila especialmente la luz de mi madre, iluminándolo todo porque aún siento su calor a mi lado, tan poco tiempo hace que se fue… Con esta luz me quedo rememorando vuestras enseñanzas, las que me ayudaron a sobrevivir en los momentos más difíciles de la vida. ” Más se perdió en la guerra”, decia mi abuela Margarita. Y ese mantra me repito cuando todo parece desmoronarse. Porque en ese “se perdió” entraba todo tipo de dolorosas ausencias.

Mi familia me enseñó que se podía vivir de cara al exterior o de cara al interior. Cuidando el honor o cuidando el amor. Y optaron por el amor. Me enseñaron que se pueden cometer errores terribles en la vida de los que nadie te va a salvar de sus consecuencias. Pero que  ellos y ellas estarían allí, tras la puerta abierta, con la mesa camilla,  para acogerme sin juzgarme, para reflexionar conmigo, sufrir conmigo y amar juntos hasta que buscáramos soluciones que me ayudaran a volvier a retomar fuerzas. Porque no somos dioses. Somos seres humanos pequeños, invisibles en el universo, y nada importantes. Solo seres de humanidad compleja que se volverán tierra o polvo. Y quién sabe si alguien pondrá una vela por nosotros. O hasta eso se habrá extinguido en el mundo plástico de las apariencias vanas.

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Duelo

Me contaba mi abuela Margarita que fue perdiéndo familiares desde la niñez, con lo cual, pasó su vida de luto. Se visitió de negro, y nunca más se quitó este color . También se taparon los espejos de su casa y se les dio la vuelta a los cuadros coloridos. Tampoco podía participar en actos sociales excepto en las misas. Mi abuela usaba medias que también eran negras, pero en los últimos años, las comenzó a usar transparentes y solo volvía a  las negras cuando fallecía algún pariente o amiga. Cuando murió mi otra abuela, Paula, mi padre quitó la televisión y guardó el tocadiscos. Así eran los lutos y los duelos hace años. Al dolor de la pérdida se sumaba la presión social, porque aquello, lógicamente, más que sentimiento era costumbre. Algunas se perdieron, otras se conservan. Pero podemos elegir, al menos, sin tanta presión. De todos modos, siempre habrá alguien que intentará imponernos su forma, aunque nadie podrá hacerlo, porque cada cual tiene la suya. Me ha gustado conservar en mi vida, con mi familia, la costumbre del velatorio nocturno. El de mi madre ha sido un continuo paseo por los recuerdos, con la voz reconfortante de nuestras vecinas de la infancia, con la gente querida; ratos de lágrimas, ratos de risas; anécdotas entrañables, el café, un dulce, ¿unas cervezas? También. Abrazos, besos, más abrazos. Más recuerdos…  “¡Qué graciosa era la señora Carmen, qué risa el día que dijo …!¨. Y más risas. Y de nuevo, las lágrimas, porque nunca más escucharás esa anécdota que ella contaba… Amanece y te invade un vacío tremendo pero te guardas el dolor para los momentos de soledad, aunque, a veces, se te va escapando en los más inoportunos: un vestido igual que el de tu madre; una palabra, un gesto; un recuerdo que de repente, y sin sentido, se te presenta. Afortunadamente,  yo tengo mis cuadernos de bitácora  para plasmar todo lo que siento y quiero compartir en estos momentos. Salgo al mundo sin su calor, pero  me llevo su memoria, sus consejos, sus caricias, sus abrazos, que son los que yo ahora puedo compartir. Me llevo su amor y también esa anécdota que ella ya no contará pero que contaré yo… por ella. Y de esta forma, seguimos viviendo juntas, de alguna manera, mi madre y yo.

Corazon05

Triopía