Al otro lado

El día en el que dejó de asustarme la muerte, comencé a temerla de verdad. Vi finalmente su rostro, y entendí que no es su visita la que más me aterrorizaba, sino la que podía hacer a mis seres queridos. La vieja de pelo largo y boca desdentada; la terca desalmada que me acechaba en los cuentos, no tenía nada de misteriosa, sino que se vestía con ropas vulgares, como el camisón de un hospital. La luna no alumbraba su rostro pérfido, solo las luces de los fluorescentes de los pasillos, y no había nada en ella que dejara suponer el eterno misterio cantado entre versos de poetas. Resultó ser vulgar y simple, una extraña sin sentido, una absurda, una falsa, una traidora, que durante mucho tiempo me hizo creer que su esencia era oscura pero grandiosa.

Es tan tonta la muerte… Ahora, admito, tengo a tanta gente que viajó con ella, que ya se ha vuelto una triste presencia en mis pensamientos. No, no somos amigas, solo conocidas, pero la he vuelto a mirar con nuevos ojos. Tras ella se encuentra un territorio reconquistado por mis afectos. Veo, más allá de su sombra, la luz de quien me dio la vida, y también la de tanta gente amada que permanece allí donde el allí es siempre eterna duda. Siento el hilo que me une al otro lado como lo sentirían, antes de mí, mi madre, mi padre, o mi abuela. Desde entonces, ya no temo tanto su guarida, siempre que sea yo la que llegue antes.

Una nueva luz

El placer es el bien primero. Es el comienzo de toda preferencia y toda aversión. Es la ausencia del dolor en el cuerpo y de la inquietud en el almaEpicuro.

Me temo que tendré que darle la razón a Epicuro. Tras muchos meses de dolor físico al que, afortunadamente, no estaba acostumbrada, la medicina y su magia basada en la ciencia, que es la única magia que hasta ahora ha podido curar mis males, me ha dado un respiro, tras una operación quirúrgica. Nunca tendré palabras suficientes para agradecer a la medicina y a tantos buenos y buenas profesionales, todo lo que han hecho y siguen haciendo por mí y por mi familia.

Desde que el dolor fuerte se ha ido y los más leves se van yendo con el tratamiento … es como si una nube de paz comenzara rodearme. Cuando te acostumbras a vivir con dolor, ya no recuerdas cómo es vivir sin él. Pero vivir sin dolor es muy parecido a ser feliz. Al menos, todo lo empiezas a ver desde otra perspectiva.

Estoy teniendo que reununciar a mucho por esta paz. Con pena por todos los proyectos que he tenido que dejar, pero con una nueva luz por delante. Gracias por todas las muestras de apoyo y cariño.

Aquel verano

Apenas acabábamos de estrenar nuestros nuevos cuerpos y mentes adolescentes. Todo estaba por descubrir. Y fue entonces cuando nuestras familias nos regalaron aquella amistad fugaz, pero no menos importante. Abarcábamos el norte y el sur con nuestras risas y nuestras charlas interminables, y nos cedieron una parcela de adultez haciéndonos cuidar de ellas, de las niñas de la familia, durante aquellos días de playa.

Nos levantábamos a las nueve para turnarnos, tú ibas a por el pan con la más pequeña en la sillita , y yo me quedaba preparando a las dos mayores, con sus peinados imposibles que, a veces, no les agradaban, y debíamos repetir hasta que quedaran a su gusto. Al día siguiente nos turnábamos de nuevo, yo a a por el pan, tú te quedabas de peluquera. Todo se repartía equitativamente.

Pasábamos la mañana en la playa, hasta la una, en la que volvíamos con la sombrilla, la arena pegada la piel, la sillita de la niña en volandas haciendo fuerzas, para no caerla. Acaloradas, exhaustas. La madre nos acompañaba hasta las doce, hora en la que se iba a preparar la comida, y a respirar un rato, imagino. Después llegábamos nosotras dos, con nuestros pretendidos aires adultos, llevando de la mano a las tres niñas pequeñas, rubias y doradas, junto a nuestros cuerpos ya de color chocolate brillante, con la piel de terciopelo que estrenábamos entonces.

En la casa se sucedían los baños, los llantos, los tirones de pelo, el olor a crema aftersun, que lo inundaba todo, hasta que conseguíamos tener listas a las niñas, y entonces nos preparábamos para comer, tras lo cual venía el fregado de platos, el secado de cubiertos, y la siesta, con las niñas dormidas en sus camitas infantiles, la madre fumando en el balcón y después leyendo, y nosotras, intercambiando confidencias que no sabíamos de donde salían, de tan abundantes que eran a diario.

Eras crítica, mordaz, aguda, inteligente, y me gustaba escucharte. Hacías un análisis de todo lo que nos rodeaba con una humor que, ahora, me parece por encima de aquella edad. Me corregías algunas cosas que yo decía mal en mi idioma de provincias, y tú te reías con cariño. ” No es iyendo, es yendo”. Pero nos reíamos.

La tarde de nuevo era de playa, ya solo con las dos niñas mayores. Horas en las que quedábamos igualmente exhaustas, abatidas de cansancio por vigilarlas, intentar jugar con ellas y entretenerlas bajo el sol, con los bocadillos de mortadela. Después, nueva ronda de baños, y peinados, untados de crema, camisones, cuentos… la noche. Y después, la libertad.

Nos duchábamos y nos preparábamos como para salir de fiesta. Pero en aquel pueblo no había nada, solo una playa interminable y una fila de bares familiares donde la gente bebía refrescos y tomaba pescado frito y raciones de verano. Entonces nos comprábamos galletas, gusanitos, pipas, frutos secos, donuts, porque las cenas en aquella casa eran frugales, y con nuestras chucherías, más mías que tuyas, nos íbamos de nuevo a la playa, solo para ver anochecer. Mirábamos las olas y nos dejábamos llevar por la brisa, entregándonos de nuevo a las confidencias.

Dijiste que mis ojos estarían mejor pintados con un lápiz azul. Y entramos a comprarlo un día. Me pintaste la raya de los ojos, por pirmera vez en la vida. Y me pusiste rimmel. Yo me vi excesiva y adulta, sexy y guapa. Tú te reías con mi entusiasmo. Eras tan solo unos años más mayor, e imagino que a mí me verías algo infantil, pero nos divertía el juego.

Después llegó Petra, para ayudar a la familia, y todo el encanto de deshizo en crispación: que las mayores no se levantan a las nueve en punto, que las mayores no recogen las camas, que las mayores son unas zánganas… La pobre mujer vivía la vida con ojos de servidumbre, cosa que nosotras, afortunadamente, desconocíamos por completo. La vida discurría sin más, y cuidar de las pequeñas era algo sin importancia, algo que no nos imprimía caracter. Algo que tan solo sucedía.

Por primera vez nos riñeron. Nos riñó el hombre de la casa, que venía los viernes para alegrar a la madre de las niñas. Yo me enfadé con su escasa reprimenda impulsada por Petra, y me fui nadando lejos, por desahogarme. Cuando volví él estaba pálido, y me dijo que no volviera a hacer aquello nunca más. Empezamos a sentirnos mal, incómodas, quizás cuando percibimos que se nos exigía un comportamiento adecuado, y que aquel fluir había dejado de existir con la llegada de aquella mujer. Sin embargo, no queríamos separarnos. Ninguna de las dos quería volver a su casa y dejar a la otra sola, allí, en aquel fuego cruzado con Petra.

Dormíamos en una camita turca y en un sofá. También a dias alternos. No recuerdo quién de las dos se fue antes, pero sí que pasamos por tu casa. Y vi aquel cuadro en el que yo aparecía entre las espigas, una fotografía que me hizo tu tío y de la que se hizo un cuadro. Me regalaste un camisón tuyo, la parte de arriba de ganchillo. Eran la moda. Y nos despedimos con muchos abrazos. Después, nos escribimos durante algún tiempo cartas interminables. Tu nombre y tu apellido tan sonoro, brillante, musical, eran pura poesía. Tú decías que me recordabas en los anuncios de una marca de cosméticos: ” Eres igualita a la que anuncia Yasmina” , y nos reíamos.

Yo te contaba, por carta, mis penas por aquel chico que conocí en Semana Santa y que deseaba volver a ver en agosto, y al que encontré saliendo con otra chica. Como todo lo que sucedió en aquel verano, a él también tardé en olvidarlo. Murió muy joven y su recuerdo también está ligado a ti porque yo te hablaba incansablemente de él. A veces, lo recordaba con verguenza: ” ¡Pobre amiga, qué tabarra le daría!”.

Antes de la playa, tú también conociste mi casa, pequeña, modesta, repleta de los cacharros y cachivaches que adoraba mi madre, e iluminada por mi perra Kira y mis gatos, que te gustaban mucho. Leías las revistas del corazón que compraba mi madre, y que te producían mucha curiosidad. Y mi madre se reía de tu interés. Después vino la playa, y el fin del verano. Y así se fue aquel tiempo fugaz que dejó recuerdos borrosos y lejanos, pero inolvidables para mí. Han pasado décadas desde entonces… pero volvimos a encontrarnos.

Un beso, querida amiga. ¡Qué suerte reencontrarnos aunque sea en la distancia, y estar de nuevo juntas en el atardecer de esta playa!

Pilar

Vidas crispadas

Querida Puri, estoy terminando tu libro con las emociones del final. Gracias por escribir sobre la vida de las mujeres y por centrarte en esa etapa especial que surge cuando las hijas e hijos tienen ya su vida adulta y nosotras descubrimos que aún tenemos mucha vida por delante, aunque nos pesen, a veces, los recuerdos pegados a las alas. Me alegra enormemente ver tu recorrido y cómo creces en tus reflexiones y tus letras. Me faltan las úlitmas páginas, pero son las que más me están emocionando. Gracias Puri, por adentrarnos en el mundo de Gloria y de Lola, con el que muchas mujeres se podrán identificar. Enhorabuena y a seguir nuestro camino de las letras. Como dijo Virgina Woolf : “Una mujer debe tener dinero y una habitación propia si desea escribir ficción”. Y tú, en tu libro nos hablas de esto y de muchas cosas más. Un abrazo grandísimo.

Una historia real sobre diversidad escolar

Texto escrito en junio de 2019 para un proyecto sobre diversidad:

Nuestro aula de personas pequeñitas es muy diversa, tan diversa, que si fuéramos colores seríamos un arcoíris completo. A mi maestra le encanta nuestro aula porque dice que nunca se aburre. Eso sí, también nos dice que está muy cansada… ¡ y eso que solo hemos estado un año con ella! Por lo visto, hemos sido el curso más diverso en todos sus años de maestra.

Nuestro aula diversa nos ha enseñado algo muy importante: el respeto. Porque hemos aprendido que no todos los niños y niñas de nuestra edad tienen una familia igual, ni saben hacer las mismas cosas, ni comportarse del mismo modo.

Nuestra maestra nos ha hecho un poema especial. Se llama: “No importa si te equivocas”. Y nos gusta muchísimo.

Algunas personas de nuestro aula necesitan ayuda para ir al baño. Esto, al principio, nos sorprendía, pero ella nos ha explicado que cada persona aprende las cosas a un ritmo diferente. Y además, todos podemos equivocarnos. También se nos puede escapar el pipí alguna vez y ella no se enfada, porque dice que nos puede pasar a cualquiera. Igualmente, en nuestro aula hay quien necesita ayuda para comer. Y, a veces, viene una persona adulta a ayudar con las meriendas de media mañana. También hemos visto que cada persona come a un ritmo distinto y hay quien necesita mucho tiempo. Y así, con cada cosa que aprendemos.

Nuestros juegos también son diferentes y no todos son del agrado de nuestra maestra. Hay a quien le gusta tirar los objetos por el suelo, para que reboten y se esparzan por todo el aula. Eso parece fascinarle a uno de nuestros compañeros, así es que nuestro suelo siempre esta lleno de cosas que se pisan . A veces, son piezas de juegos, pero otras veces, son frutas, comida, tizas, etc. Nosotros ayudamos, a veces, a recoger las cosas que se esparcen pero otras, nuestra profe se tumba en el suelo y las va recogiendo poco a poco. También utiliza la escoba y el recogedor.

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La maestra nos ha enseñado que nuestro compañero no hace eso para fastidiarnos, sino porque le gustan los colores y los sonidos de las cosas al caer. Al principio, no lo entendíamos, pero ya lo vamos comprendiendo. De todas formas, estamos ayudando a nuestro compañero a no hacerlo. A veces, se enfada mucho y le dejamos. Porque si grita demasiado, no podemos seguir con el trabajo que estamos realizando. Pero no nos enfadamos, porque sabemos por qué lo hace. Nos lo ha explicado nuestra maestra.

Por la ventana de nuestro aula, a veces, caen cosas al exterior: muñecos, lápices, frutas. Porque es también el juego preferido de alguien que está aprendiendo a su propio ritmo. Nosotros salimos a por las cosas y ayudamos a la maestra a recogerlas.

El silencio en nuestro aula no existe, y pocas veces logramos hablar bajito. Hay personas en nuestro aula que cuando se enfadan, gritan y arrojan objetos, o se golpean la cabeza contra la puerta o contra el suelo . Pero también nos ha explicado nuestra maestra que no es porque realmente quieran hacerse daño o molestarnos con sus gritos. Es porque se sienten muy mal y no saben cómo expresarlo. Al principio no lo comprendíamos, así es que nosotros hacíamos lo mismo. ¿Por qué no? Pero ella nos ha explicado que nosotros ya hemos aprendido y “sabemos enfadarnos” sin hacernos daño, y sin gritar. Pero, a veces, se nos olvida.

Cuando los objetos vuelan por la clase, porque es el juego de alguien que aprende a su propio ritmo, nosotros agachamos la cabeza y los evitamos, y ya hemos aprendido a seguir trabajando sin distraernos. Pero hemos tenido que aprender, porque al principio, no sabíamos qué pasaba y nos uníamos a la fiesta.

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Cuando nuestra maestra explica algo en la pizarra digital, a veces, la pantalla empieza a dar vueltas y se estropea, y es que bloquear la pizarra es también el juego preferido de alguien que aún no ha aprendido a no jugar a este juego que nos fastidia tanto. Nuestra maestra se pone muy nerviosa, y es por eso que no solemos utilizar la pizarra digital. Ahora utilizamos la de siempre, con tiza. Porque dice nuestra maestra que a los grandes problemas debemos buscarle grandes soluciones, o las que haya…

También hemos aprendido en nuestro aula diversa, que hay personas con muchísima fuerza, y que de una sola patada pueden dejarte en el suelo con mucho dolor. Pero estamos aprendiendo a responder de forma no violenta para enseñar a estas personas que hay otras maneras de solucionar los problemas. Estamos en ello.

Hay personas que no asisten diariamente a clase, porque tienen problemas de salud o sus familias tienen otros problemas y deben solucionarlos. Así es que hemos aprendido que es necesario parar el ritmo y esperar un poco a que estas personas, cuando vuelvan, recuperen el tiempo perdido. Porque dice nuestra maestra, que lo importante es que todos aprendamos juntos. Y que no importa esperar un poco. Aunque ella, a veces, parece preocupada porque quiere que todos aprendamos mucho. Creo que lo hemos conseguido. Ella dice que estamos tan preparados o más, que cualquier curso de la misma edad. Y cuando dice eso, se siente muy feliz, aunque a veces, parezca triste.

En nuestro aula, las cosas importantes están bajo llave, detrás de una cortina o en cajones, porque muchas veces, estas cosas desaparecen: grapadoras, tijeras, chinchetas. Nuestra maestra, cuando algo de esto desaparece, se asusta mucho, sobre todo, si aparece en la boca de alguien a quien le gusta chuparlo todo y hace esto muchas veces. Entonces, nuestra maestra debe tirarse al suelo a abrirle la boca para sacárselo. Estas cosas, ella nos ha explicado que son muy peligrosas y que no debemos metérnoslas en la boca. Así es que ahora las pone muy arriba o muy lejos, y a veces, no las encontramos cuando las necesitamos.

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Cuando las cosas aparecen en una boca de alguien que no comprende que esto no puede hacerse, la maestra se pega un susto gordísimo, y después, está tan cansada que nosotros vemos que está a punto de echarse a llorar. Sobre todo porque nosotros, aunque intentamos ayudarla, no sabemos cómo, así es que aprovechamos para saltar por encima de las mesas y las sillas, porque sabemos que ella no va a venir, ya que está muy ocupada abriéndole la boca a alguien. Es super divertido. Pero a ella no le parece bien. Y nos está enseñando a no hacerlo. Ya lo vamos entendiendo.

También hay quien saca los peluches y nos los tiramos a la cabeza. Entonces, la maestra grita mucho hasta que paramos. Y luego, nos dice que no le gusta gritar, pero no sabemos por qué lo dice, porque al final siempre grita. Pero a nosotros, eso nos da mucha risa. Ella nos ha explicado que nuestro comportamiento es peligroso. Porque si ella está atendiendo a una persona que está en esa situación, mientras, nosotros podemos hacernos daño también. Algunos de nosotros lo hemos comprendido, y ya no lo hacemos, pero otras personas aún no lo entienden.

Algunos días le pedimos a la maestra que nos ponga música para bailar, pero ella dice que está cansada y que no quiere. Eso nos pone tristes porque nos lo pasamos muy bien bailando, pero ella parece que no se divierte mucho porque hay personas que gritan con la música. De todas formas, logramos convencerla, hasta que los juguetes vuelven a salir disparados por la ventana, que es el juego preferido de alguien que aprende a su propio ritmo. La maestra, entonces, para la música y bebe agua porque parece que se va a ahogar. Y cuando recogemos los juguetes, intenta explicar a la persona que juega a este juego, que eso no se puede hacer. Pero ella sabe que lo va a volver a repetir y nosotros también, porque ya nos ha explicado ella, que esta persona que tira las cosas aún no comprende que eso es incorrecto. Esta aprendiéndolo. Ella lo sabe, pero necesita beber mucha agua para recordarlo.

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Este año nuestra maestra nos ha enseñado a hacer mindfullnes. Al principio, creíamos que no íbamos a poder, pero ahora lo hacemos genial. Es una pena que ya estemos terminando el curso porque dice nuestra maestra que ahora es cuando está empezando a ver que nuestro aula diversa empieza a funcionar. Nos ha escrito un libro de poemas, con uno para cada persona, con toda la belleza que dice que nos ve por dentro y por fuera. Porque, aunque dice que está agotada, sabemos que nos quiere muchísimo. Este año hemos aprendido mucho juntos. Pero todo… lleva su tiempo…

Quizás, las aulas como la nuestra necesiten más ayuda para que todos seamos más felices. Quizás.

Pilar Alcántara, junio 2019

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Sobre mi madre: carta de una amiga

Texto de mi amiga Laura Carralero Rino, año 2009:

LA MADRE DE MI AMIGA:

Carmen es tan buena como “el pan recién salido del horno” decía siempre mi padre, pura bondad, cálida y hogareña…Me gustaba ir a su casa, esa casa hecha de retazos de muchas historias maravillosas, esa casa donde, cada cojín, cada pañito, cada esquina, había sido acariciado por las manos creativas de Carmen… Siempre hacía sol en su casa…en cuanto entrabas por la puerta, sonreía hasta que se le oxidaran los pendientes y decía mi nombre como si anunciara a la reina de Saba, abriendo esos brazos donde parecía que todos los abrazos fueron inventados.…y eras bienvenida a un paraíso de “hogaridad”… te miraba profundamente con esos ojos llenos de chispas y te preguntaba por tus pequeñas cosas, como si fueran las má s importantes del mundo, y se sentaba y te escuchaba con atención mientras redoblaba una toallita, o alisaba el mantel de hule, cuando respondía, con esa voz de arroyo cantarín, infinitamente positiva, te felicitaba grandiosamente por las más insignificantes de tus proezas, te animaba y alababa por tus pequeños triunfos y..ante todo… le quitaba importancia a cualquier cosa mala que te hubiera ocurrido….siempre con una sonrisa en la boca..y en todo su cuerpo. Después te preguntaba si querías algo de comer, siempre tenia una gaseosa, o te ponía “unas rodajinas de chorizo”, o “unas aceituninas”…y , cuando ella las servia , desapareciendo y volviendo de la cocina cantando una copla… sabían a Gloria. P. onía tanta atención e intención en servirte un tentempié, en escucharte, en abrazarte..como si no hubiera nada mas importante en el mundo…porque ella me hacía realmente sentirme así: como una reina. Me encantaba el olor de su casa, de Buena comida cocinada lentamente y con amor, habitada de maternidad, de un mosaico de colores y tactos , de una habitabilidad confortable y feliz , de un “bueno..que mas da?!”, de estar alli sentadas al brasero de picón, con su sonrisa galardonando la mesa camilla. Carmen con su hombre, su siempre amado Jorge por bandera…y allí las horas podían pasar felices porque ese pequeño dicharacheo sin importancia tenia toda la sabiduría del mundo…y una dejaba su casa como si la hubieran rebozado de azúcar el alma…y me daba siempre pena irme, salirme de esos abrazos de bata de guata con música de copla…Treinta anos han pasado (que se dice pronto) desde la primera vez que entre en su casa..y siempre guardo ese recuerdo entrañable de ella…Treinta años y , yo…una adulta , en un país extranjero, llamé un noche de lluvia a mi amiga Pili, como siempre ,al teléfono de toda la vida que sonaba como música de promesa de Amistad en mis oídos…y Carmen respondió el teléfono…”Carmen, soy Laura” y grito, desbocadamente, con toda su energía “Laura, mi niña, que tal estas?!”…y una tremenda bocanada de sol me inundó el alma y me hizo llorar de alegría……tan Buena como el pan. Realmente, tan Buena como el pan….ya lo decía mi padre…Laura Carralero

Icebergs

Hay partes de la vida que no se pueden compartir. Episodios profundos e inimaginables que forman icebergs en lo más hondo de una misma; obstáculos en la navegación que harían naufragar al más ávido marinero. Sin embargo, bastan algunas noches de niebla para lograr enfocar el horizonte con cautela y continuar hacia adelante.

Lolita Garrido: Tú eres tonto

Eres tonto, muchacho, tú eres tonto
Y en tu casa lo tienen que saber,
Porque aquí estamos hartos de saberlo
Que eres tonto y qué le vas a hacer.E

res tonto, muchacho, tú eres tonto,
No comprendes ni quieres comprender
A las chicas que tanto te enamoran;
Eres tonto y qué le vas a hacer.

Déjate ya de tanta tontería
Y no presumas de ser tan genial,
Olvídate de tanta bobería
Y a ver si te haces un hombre cabal.

Eres tonto, muchacho, tú eres tonto,
Y aunque a veces te portes hasta bien,
Es preciso que olvides tus manías;
Eres tonto y qué le vas a hacer.——–instrumental——–

Déjate ya de tanta tontería
Y no presumas de ser tan genial,
Olvídate de tanta bobería
Y a ver si te… 

Fuente: Musixmatch

Leer a Jane Austen

Leer a Jane Austen es también recuperar recuerdos: Emma, Orgullo y prejuicio, La abadía de Northanger… aunque parezca que estas novelas son “rosas” hay mucha materia entre líneas y son obras bastante ilustrativas sobre la situación de las mujeres en aquella época Georgiana ( período de la historia británica que, en su definición más habitual, incluye los reinados de Jorge I, Jorge II, Jorge III y Jorge IV, y que abarca de 1714 a 1830).  La autora, si se lee su obra con ojo crítico, nos hace una denuncia constante de la cosificación de las mujeres, de las relaciones de poder, y de sus ansias de libertad. Ella mismo en su vida no se casó nunca y escapó de un matrimonio al día siguiente de dar el consentimiento. Hay muchos misterios en su vida, e incluso se especula sobre la causa de su muerte por envenenamiento. Imagino que denunció a su manera todo lo que veía a su alrededor ,y lo hizo con las herramientas que tenía a mano en su época. Leer a Jane Austen con nuevos ojos y yendo más allá de los estereotipos es una experiencia enriquecedora y muy valiosa. No en vano es una autora que figura entre los nombres clásicos de la literatura universal.

Leer a Charles Dickens

No leía a Dickens desde la niñez, en aquellos volúmenes de la infancia que, imagino, contendrían textos condensados y adaptados. Los recordaba con cariño, pero leer a Dickens ahora, ha sido un descubrimiento. Su historias cortas llenas de humor, el caracter que imprime a sus personajes, las emociones que me están embargando a leer,por ejemplo ,a David Copperfield.

La madre de David, Clara, es un perfecto ejemplo de víctima de violencia de género, de acuerdo a su época: la fragilidad de la mujer en esa sociedad del siglo XIX, la desprotección al verse sola con su hijo, la búsqueda de alguien que la cuidara a ella y a su familia, y el encuentro con un personaje que aprovechándose de esa fragilidad la domina y la maltrata de forma despiadada a ella y a su hijo, que por supuesto, es un estorbo en la relación. El personaje de Peggotty, la criada, con su ternura, su familia… A cada momento de la lectura tengo que parar para respirar, asimilar palabras que dicen tanto, situaciones que transmiten … tanta desgracia, tanta alegría salpicada en la ternura de la madre cuando la dejan que la exprese… una belleza releer a Dickens, un autor cuya infancia ya es un ejemplo de resiliencia y cuya vida tiene mucho de ejemplar, porque en lugar de desfallecer ante la desgracia, abogó por la lucha social y las clases más desfavorrecidas, a las que retrata con inmensa profundidad. Lo dicho, un placer leer a Dickens.