Un amor en el Bósforo

Tener más de cincuenta años es un ejercicio de fe. Has vivido ya todo lo que pudiera implicar el desencanto, pero no sucumbes a él a fuerza de esperanza. Hay tardes de verano en las que esta fe se hace más dorada y permanente. Tardes de reencuentro con las viejas amigas. Ratos de miradas serenas mientras escuchas sus voces como cantos que te refrescan el alma.

Tras un invierno de lo más crudo, en muchos aspectos, las últimas tardes discurren tórridas, lentas y pausadas intercalando los encuentros. Entre las historias, el romance de una amiga en el Bósforo. Si puedo aún palpitar escuchándolo es por la frialdad que nos cubría el corazón en nuestro último encuentro. Por más que quisiéramos decirnos entonces que la vida tiene infinidad de capítulos, ella miraba al infinito oscuro, llena de incredulidad, y yo, también, con el dolor que me embargaba en aquel momento. Ahora ,todo ha cambiado… no importan tanto el princpio ni el final, ni la trascendencia de su historia de amor. Importan las sensaciones, las emociones, la piel que se eriza con un beso; el cuerpo que tiembla con una caricia. La mirada que se expande ante el futuro. Me alegro tanto por ella…

Y yo, ahora, con el corazón saltando ante la lectura de mi última entrada desesperanzada en este blog, me animo incluso a entrar en la cocina y rallar el pan como lo hacía mi abuela, en aquellos interminables días de verano en los que los niños y niñas hacíamos aprendizajes significativos, y llenos de amor,  sin ni siquiera saberlo. Miro por la ventana, y recuerdo el Bósforo, donde yo también estuve con mi querido compañero, junto a su mano amorosa que me llena siempre de confianza. Y sé que ahora mi amiga y yo pensamos en esa imagen de Estambul,  de la misma forma. Llenas de fe, y de ilusión. Porque la vida, es cierto, tiene muchos capítulos. Te lo dije, amiga: el mundo es ancho y grande, igual que el corazón. Por cierto, este libro es precioso. Lo he leído tres veces.

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Muy recomendable. 

 

 

 

 

El poder de un imbécil

El poder de los imbéciles es inconmensurable. Lo que no puede la ciencia, el arte, o la política, lo puede un imbécil montado en su violencia. Y lo más triste, hay que callarse; como mucho, enfermar de rabia. Por eso mismo, porque al fin y al cabo es un imbécil, y en esta sociedad es un estado de vida respetable, amparado por siglos de connivencia, y al que hay que temer, pero al que no te puedes enfrentar.

Cosas que pasan

A veces, ocurren cosas que despiertan a los peces de hielo que viven en el pecho. Esos que nadan dejando paso a corrientes que te sacuden y te hacen zozobrar. Y esas cosas que nunca deberían pasar, pero pasan, son desconcertantes. Queman, hieren y son devastadoras. Porque todo sigue igual a tu alrededor, todo igual, menos tú, que miras y ves diferente.

La chica recortable

Se lo enseñaron en la niñez. Que debía ser y estar bella. Ser prudente, sensible, obediente, recatada, pura. Todo eso, por encima de sí misma. Por encima de sus pensamientos y sentimientos. Por encima del hermoso volumen de su cuerpo. Después, no bastó con el cuerpo. Debía gastar dinero, comprar más ropa, más, más, más, más. Cambiar de modelo cada día como las muñequitas recortables. Sobre todo, para gustar a ” los demás”  aun sin saber quiénes eran. Eso, por encima de sus emociones, por encima de sus sentimientos. Por encima de todo. Más tarde vinieron las cremas, las pinturas, las máscaras de cabello, los depilados, las sesiones para ponerse morena. Y más, más, más, ropa, zapatos, cremas, perfumes. Más más, más. ¡MÁS! Ahora… vive con el estrés del paso del tiempo. Más, más, más,  no es suficiente…”Los demás”,  mientras tanto, siguen siendo anónimos. Ella, eternamente, una muñequita recortable, cada vez más desdibujada: Pasen y vean, recorten, peguen. Véndanle sus productos. Ella obedecerá. Es “buena” chica.

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En el espejo: mi madre

Frente a la aparente fortaleza ante la adversidad que tenemos algunas personas, el cuerpo, sin embargo, nos responde sucumbiendo al estrés emocional. Puedes sufrir, entonces, calambres abdominales, erupciones en la piel, alteraciones del apetito y una gran variedad de manifestaciones psicosomáticas que te hacen la vida más difícil. Entre las más molestas, en mi caso, la dermatitis en el cuero cabelludo. Eso obliga a cumplir, de vez en cuando, con un fuerte tratamiento para erradicar el problema. Estoy en  una tregua de paz, ganada al picor, escozor y malestar. Y sin pensarlo mucho, he comenzado el recogerme el pelo con unas horquillas, en un gesto, fundamentalmente práctico. De repente, me he mirado en el espejo. No podía creerlo. He visto a mi madre. Llevo hoy exactamente el mismo peinado que llevaba mi madre a mi misma edad. ¿Es posible? No tengo ni la menor idea de cómo he llegado hasta aquí. Pero es ella. Soy yo. Somos nosotras.

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Dibujo: Isabel de M.

 

Cosas que me alteran: un guión de cine

Me senté a ver la película para descansar, relajarme. El protagonista, tras una intensa jornada de lucha en un episodio bélico, reflexiona: ” Hay que vivir la vida, porque al final te harás viejo y te sentarás al lado de tu mujer celulítica y con el pelo corto”. Juro que yo solo quería sentarme a ver una peli y a relajarme. Pero acabé bien alterada. He decidido cortarme el pelo. Si no he ido ya a cortármelo es por falta de tiempo.